
La luz de la mañana se Viernes Santo se hizo azul oscuro, luego negro en las túnicas y en el semblante del Cristo de San Pedro, y finalmente plata de Angustias en la noche marchenera.
Mas que pasar por la tarde de Viernes Santo, la Hermandad de luto levita en el enclaustrado ensimismamiento de su pena, en el silencio de su historia dominica de siglos, en su empeño por mantener sus tradiciones sin que nadie las altere, en el misticismo de los cantos enlutados de la música de fagot y oboe, que se presenta al pueblo. Capilla de música sacra de los cantores de Carmona tras el Cristo, para acompañar el arrastrar de las alpargatas de los costaleros comandados por José Manuel Conejero.
No hay grandes voces ante los pasos, como si el Cristo caminara según su propia voluntad, las levantadas a pulso, y las llamadas y órdenes vienen en muchos casos de los costaleros. Miserere mei, Deus: secundum magnam misericordiam tuam, el silencio es roto solo por los cánticos. El monte de claveles coronado por lirios morados, esta ribeteado de otras flores simbólicas como cardos o flores silvestres.
El contrapunto del color negro en túnicas y en el cuerpo escuálido y renegrido del cristo ancestral, lo marca la plata de Angustias, otra joya de nuestra Semana Santa, que gracias a sus hermanos costaleros capitenados por Victor Manuel López, convierten el milagro de su salida escalinatas abajo en una tradición esperada y previsible. Miserere mei, Deus: secundum magnam misericordiam tuam.
TENGO SED.
Maria Dolores Camacho
Tengo sed, Padre Mío. Una sed mar adentro, donde el salitre es fuego que devora la sangre. Tengo sed de tormento. Y en esa sed no bebo agua, ni hiel, ni vino, sólo lágrimas tibias hechas de un llanto amargo.
Hay un perfil de plomo en este templo extraño donde flotan los siglos y perdura el Calvario. Es viernes de Pasión y asisto a tu subida al paso. En él, la cruz vacía espera tus palabras. Esas siete palabras con que escribiste el mundo y luego descansaste en un lecho de muerte esperando ese beso que te despierte al Padre.
Entre las sombras que hoy abarrotamos el templo, te veo venir horizontal y yerto en misteriosas andas hacia la cruz desnuda. Tengo sed, Cristo mío, y la garganta seca como un desierto espeso que me oprime y me quema.
Yo quiero la frescura de un ciprés y una luna, de un lago cristalino donde bañar mi culpa, porque me siento implicada en esa muerte tuya que aún sigue ocurriendo.
Porque tuviste sed, toda la sed del mundo en esas horas últimas. Y el agua del océano, de los ríos, de los pozos, llegó tarde a su cita .Ni la lluvia del cielo bajó para calmar esa sed que te ardía, esa sed que ahora siento cuando te veo colgado vertical en la cruz, cuando me veo, otra vez, acercándote la esponja y el vinagre.
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